Mudo el caparazón: motete lame

Anoche entre vinos y humos marroquíes recibí una serenata (bacalao, viandas, cebollas, aceite de oliva, música de los tubérculos, hinca por ahí). Donación de una figura imprescindible en mis andares por el manglar: motete de indias. Devenir compartido en un unte, como lo que podríamos ser ahora, motete es también emblema y el mote sucio de una cualidad de nuestro frotamiento en el manglar. De aquí la culebra de mi nombre. Motete, cerca de su alambique, encontró sobre un mangle arcaico una hendidura donde había yo escondido los ruidos de mi Babel. Azorado vio otras incisiones en su tronco juncoso que sólo podían provenir de un cuerpo deseante. Orejas o bocas. Ojos como cítaras. Lenguas como tumbadoras, guaguancós como el arco del ala de un murciélago hecho por el portento. No le interesaba entender sino hallarme. Cavidad que se eleva en su sombra. Batman caribeño en pleno vuelo (El mangle transmutaba también. Sobre esto se dirá algo después), se posa en el sigilo y procede con el mejor de los azotes. Gusta de acorralarme. Jueyeras tiene. Desde entonces la contigüidad vincula nuestras perspectivas. Motete sabe, como nadie, qué cosa es un cimarrón y cómo parece vivir. La suya es otra lengua y otro modo de deambular por la marisma. Anoche me llevó ante una pantalla y me hizo perder la ropa. Por un tiempo insistió en que sostuviera mis prendas sobre mis rodillas. No tuve más remedio que invitarle a esta bitácora.
"Mira Babel, recordé la naturaleza de tu enfermedad, eso que tú llamas “perceptiva”, mientras leía a este animal. Paso por allá para darte de lo tuyo. Besito de coco, jueyito sacao es lo que llevo. ¿Hiciste la misa blanca para Marvin? Baja a las 11. Nos vemos."
motetedeindias
Me deleito con mis pasados desenfrenos. Rememoro meticulosamente escabrosos detalles. Me siento feliz por regla general. El sabor de un culo, de una boca, de unos senos, sobre todo la sensación de desnudez: una chica infinitamente más desnuda que otra, milagrosamente desnuda, alguna vez sólo con medias, el cinturón, un abrigo, otras veces completamente desnuda, descalza. Pero siempre la raja del trasero abierta a mis ojos, a mis manos… —a veces a otros ojos…—. Hasta qué punto la boca de una chica es profunda, más profunda que la noche, más profunda que el cielo, en razón del trasero que tiene desnudo. Una íntima caricia en la raja y la boca se asusta, se vuelve áspera, divina… Otras chicas, insípidas, con un vientre y un trasero tan poco desnudos como una manzana… Sin embargo, la verdadera desnudez, áspera, maternal, silenciosamente blanda y fecal como el establo, esta verdad de vacante, glandes entre las piernas y los labios, es la última verdad de la tierra, a la vez pítica y queriendo permanecer en la sombra, aceptando como siempre a los dioses de su condenación para no abrir más que ojos moribundos. Ninguna verdad más secreta, ni más sombríamente púdica: necesita ser desconocida bajo la máscara del vicio (vulgar, interesada). El cielo erótico abierto: coincidencia de una música de fiesta (frenesí perdido) y de un silencio de muerte.
Georges Bataille, El pequeño. Trad. Manuel Arránz Lázaro. (Valencia: Pre-textos, [1963] 1977)

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