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Nada como un viejito

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  Crítica muda y ciega Roland Barthes Los críticos (literarios o teatrales) se valen a menudo de dos argumentos bastantes singulares. El primero consiste en decretar bruscamente que el objeto de la crítica es inefable y, por consiguiente, la crítica inútil. El otro argumento, que también reaparece periódicamente, consiste en confesarse demasiado tonto, demasiado torpe para comprender una obra reputada como filosófica: así, una pieza de Henri Lefebvre sobre Kierkegaard ha provocado entre nuestros mejores críticos (y no hablo de quienes abiertamente hacen profesión de tontería) un fingido pánico de imbecilidad (cuya meta, evidentemente, era desacreditar a Lefebvre relegándolo al ridículo de la cerebralidad pura). ¿Por qué la crítica proclama periódicamente su impotencia o su incomprensión? No es por modestia ciertamente: para uno, nada más cómodo que confesar no comprender nada del existencialismo; para otro, nada más irónico, y por lo tanto más seguro, que reco...

Irse ( ) Ir(se)

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Irse   ( ) Ir(se) Juan Carlos Quintero-Herencia Decía antes que el arte es acción y la religión adoración.   En tanto que el hombre actúa, no está sujeto a la imploración. Se implora porque se quiere algo que no está en nuestras manos. El hombre que acude ante su dios, lo hace movido por la impotencia de obrar ante una situación que se le resiste . Virgilio Piñera, “El país del arte” (Buenos Aires, 1947) Ana María Rosado (me) pregunta en Facebook: “ Y después de un cuarto de siglo de partida empiezan a soñar con el regreso... es posible regresar? ” Es una importante pregunta por difícil y heterogénea.   Sobre todo porque expone con sus pelos y señas que se trata de un “sueño” personal.   Nunca me atrevería a generalizar o a prescribir el regreso como tampoco la partida de la isla.   Soy creyente, doy por ciertos los poderes de la fuga, de la salida.   Creo en el escape cuando una situación vivencial amenaza o es la forma misma de la intran...

Cuando

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Cuando             A Eduardo Lalo y a Noelia M. Quintero Herencia Cuando desaparecieron las bicicletas algo comenzaba por el final o entre ambas palabras sólo existen las palabras que gustan de aparecer en los linderos, las reiteraciones que nada concluyen por eso las bicicletas de seguro desaparecen no cuando descansaban sobre el stand, sino bajo la sombra quieta de una marquesina, húmedas todavía tras ayudarme a vencer en la carrera a la lluvia, dejan de estar entre nosotros cuando guarecerlas no es ni siquiera una posibilidad Tiempo de ataúdes de olas de desapariciones sin trucos ni humaredas, cuando desapareció la Kawasaki de mi hermano esquizo igual llegó luego un Volky que desaparecería también, entonces las pistas de carros eléctricos molestaron, la colección de chiringas desapareció las revistas pornográficas desaparecieron Cómo decir que fue más o menos, ...