La valentía de una voz

[Motete, para la música por unos instantes que se ha tirado a la calle un bravo. El texto que prosigue es la carta que han escrito o han querido escribir tantos fugados y que encontró, afortunadamente, una voz en Javier Ávila. Damos fe, en particular, de esos rostros contorsionados ante la belleza o la palabra que dicen profesar. Abrazos y aplausos al Dr. Avila por dejar en el camino este documento.]



La renuncia
Tomado de La Revista, Periódico El Nuevo Día, Domingo 7 de enero de 2007.
Por Javier Ávila

Distinguidos colegas, alumnos, amigos: renuncio porque no deja de agobiarme llegar a un lugar tan inmundo y despreciable. Porque por nueve años estuve respirando aire carcinogénico en la minúscula oficina que tuve y en los ridículos e insalubres salones y estoy enfermo y a muy poca gente le importó que no pudiera respirar bien durante mis últimos cuatro años de servicio. Porque la cirugía plástica que le harán al edificio enfermo en el cual trabajé no resolverá el problema fundamental de salud que seguirá enfermando al personal y al estudiantado de la institución.

Porque la directora del departamento es tan mediocre como el peor empleado de gobierno y antes de llegar a ese puesto disfrutó de un horario privilegiado en el que daba clases dos días en semana y usualmente faltaba uno de esos dos días y le pagaban su sueldo completo. Porque la misma directora aún no conoce las reglas de gramática y me pedía que escribiera sus cartas y detestaba mi éxito literario aunque lo utilizaba para darse crédito y darle crédito al departamento. Porque su dirección es una broma y la mitad de su departamento es una broma y la educación en Puerto Rico, todos ya lo sabemos, es una broma, y al menos quince de mis colegas no dominan la materia ni el idioma y sin embargo ahí están robándose el dinero de la universidad. Porque a muchos de esos colegas les importa un bledo la educación, pero allí estarán por los próximos diez, quince, veinte años. Porque la gente que sí trabaja y que sí es buena tiene que trabajar el doble y por eso siempre son ellos quienes están en todos los comités, en todas las actividades, en todas las reuniones, mientras la basura del departamento se da el lujo de faltar a las reuniones, no colaborar en proyectos de envergadura, no realizar ningún cambio significativo en el currículo y no dar un buen ejemplo para los profesores nuevos.

Porque preferiría limpiar excremento animal en un zoológico antes de tener que olerle el fétido aliento al frustrado colega machista a quien le denegaron una sabática en dos ocasiones (y me odia porque a mí sí me la dieron la única vez que la solicité) y se pasa masturbándose mentalmente por las colegas nuevas del departamento mientras no hace nada con su patética carrera y no es ningún ángel aunque su protectora, la archienemiga del intelecto, diga lo contrario.

Porque convertirme en una persona así sería mi peor destino.

Porque, como dijo una colega muy querida, hay ciertas cualidades que se detestan en la academia -juventud, talento, belleza y felicidad- y tener al menos tres de estas cualidades significa que sufrirás la venganza de muchos que querrán que sucumbas a su nivel de vejez, incompetencia, fealdad y miseria. Porque en pocos años lo logran, como los jueyes boricuas que halan a cualquier juey que trate de salir de su hacinada y miserable paila.

Porque los profesores nuevos no cobran hasta su tercer mes de trabajo, aunque el dinero esté disponible. Porque los líderes universitarios no buscan la manera de resolver este problema. Porque la administración no hace nada para cambiar esta terrible tradición. Porque el presidente de la universidad no tiene nada que decir al respecto.

Porque cada pupitre de cada salón es un tributo a la espantosa cultura del grafiti de la violencia contra la mujer. Porque los pintores de dichas obras son estudiantes que reciben una ayuda económica totalmente innecesaria y no saben valorar lo que es una educación universitaria y no deberían estar en la universidad y sin embargo están ahí y serán los “profesionales” del mañana. Porque la apatía es lo más horrible que puede habitar en las aulas de la universidad, y es lo más común.

Porque durante una de las ridículas protestas estudiantiles (no recuerdo por qué, pero la esencia de sus argumentos es igualmente trivial) a mi colega canadiense la sacaron de su salón de clases, le gritaron y le dijeron “Gringa, go back to the U.S.!” aunque técnicamente ella no es ninguna gringa, ha vivido en Puerto Rico más años que los imberbes nacionalistas que exigieron su “retorno” a los Estados Unidos, y de todos modos es obvio que los “gringos” que vienen a dar clases a Puerto Rico no vienen con la idea de colonizar el país. Porque es difícil enseñar el concepto de empatía cuando este tipo de confrontación ocurre cada semestre.

Porque los vándalos universitarios deberían ser arrestados y no les hacen nada.

Porque todos los guardias deberían renunciar ya que están ahí de pura decoración.

Porque me avergonzaba estar a cargo de evaluar a los profesores nuevos cuando sabía que muchos de ellos eran infinitamente superiores a profesores con permanencia. Porque no entiendo cómo se le da permanencia a una persona que no sabe conjugar verbos, leer críticamente o deletrear palabras tan básicas como iletrada, retrógrada, obtusa y deshonesta.

Porque en este trabajo uno descubre que la esperanza es lo que se tiene cuando uno es inmune a la inutilidad de su profesión, y no quiero perder la poca esperanza que me queda.

Porque muchas veces pude ver en las caras derrotadas de mis colegas, absoluta misantropía.

Porque hay colegas que aún piensan que es un privilegio trabajar para la universidad mientras la universidad los sodomiza sin ningún tipo de lubricación.

Porque tengo suficiente dignidad para reconocer lo que es el abuso.

Porque no vale la pena morir de un ataque al corazón por este mundo tan pequeño e ingrato.

Porque no quiero ser parte de este absurdo ciclo de impotencia. Porque si pierdo mi tiempo, quiero perderlo a mi manera. Porque este trabajo es lo peor que le podría ocurrir a un educador, a un intelectual, a un humanista, a un escritor y, sobre todo, a un poeta.

El Dr. Javier Ávila es el autor de ‘Different’ y ‘The Professor in Ruins’.


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