Libertad inmediata y sin condiciones para Severina Skanking: Instrucciones para su extranjería


Me consta que habrás de responder con otra serie de textos que solo buscan desorientar aún más esta labor de rastreo imposible. Imposible porque la verdad de todo esto que persigo, apilando tus papeles y escombros, es tan frágil como la mentira de nuestra relación. Pero, como una vez te grite mientras te fugabas, no me molesta escarbar. Queda además aquel bolero sobre los gozos que inspira la mentira. Leyéndote en el cuerpo de la otra es donde mejor aprecio tu animalidad básica, esa que no apalabra nada en lenguaje humano.

Entre tus cosas me topo con un relato de una escritora puertorriqueña: Yara Liceaga, “Las aventuras de Severina” La secta de los perros número 1 (2005): 14-15. No me interesa discutir si debe ser publicado en alguna antología alternativa o formar parte de algún canon secuestrado. Me interesa discutir su efectividad, pues me ha hecho pensar en esa otra cosa que vengo mascando hace rato. Efecto ese del pensar, dicho sea de paso, que tiene alguna literatura. Comparto contigo el interés por la escritura no por los autores o sus paseitos mediáticos. El cuento-confesión de Liceaga, homenaje paranoico, fantasía negativa, es el trance agónico de lecturas y apropiaciones que padece cierta monstruosidad o una condición recurrente en las letras puertorriqueñas: el encierro. También, no lo dudo, el relato puede ser un chiste que se me escapa pues de ningún modo me ha hecho reír.

Este carácter cerrado, encerrado que me parece trabaja Liceaga allí, no puede extenderse como un rasgo definitorio a todos los escritores puertorriqueños o a la mayoría de ellos. Creo referirme a un tema, a una condición de algunas escrituras, a la dilatación de efectos disímiles y claro está, a la colindancia con una pista para hallar el lugar nunca exacto de tu madriguera. Todavía digo más, el encierro, en tanto marca de una singularidad literaria, es una paradoja para pensar las múltiples demandas éticas y políticas de una escritura literaria puertorriqueña. No es la única.

Este encierro es doblemente monstruoso o el monstruo está encerrado precisamente por serlo. No se trata, en este caso, de un encierro jurídico, estatal, carcelario. Lo que se encierra aquí, lo que se cierra es un modo de escribir, de escribir(se), un modo de estar entre las letras que se sabe o imagina escaso, agredido, ya perdido. Lo que se cierra aquí de manera compleja es un modo de hablar con ellos, de responderles. Más aún, podría decirse que se trata de un encierro auto-infligido ante la posible autor-idad que generaría una escritura que ya no quiere visitar los lugares habituales para la exposición de sus textos.

Mientras batalla contra una estupenda ganga llamada La Ganga Nefasta de los Poetas Jóvenes, Severina Skanking (nuestra voz a punto del ahogo) no sabe si seguir depredando las historias de autores como Rafael Acevedo o José (Pepe) Liboy o asumirse como la encarnación y verba agitada de “esas hembras invencibles de las películas de oro del cine mexicano”. Dije estupenda, porque esta ganga es una de las mejores representaciones que recientemente he leído sobre la cultura de la estupidez y la estridencia de cierta “juventud” que “performea” literariamente en la isla y otras comarcas:

—Quien haya leído más de una docena de libros será destripado- comentaba el cabecilla de la Ganga.
—Si son de poesía, uno, más de eso será perseguido sin descanso, hasta lograr su destierro o muerte. Será rodeado de poetas con látigos, y no cesarán de darle latigazos al poeta marcado, hasta que no pueda reconocérsele. En esta Isla no hay cabida para los que crean que la poesía se logra de otra manera que sea inventándosela sin ningún conocimiento previo. Quien se precie de llamarse poeta, no podrá haberse leído si un solo libro de poesía, uno en el peor de los casos, y por los menos tres de cualquier otra materia- añadió con tono arrogante su Mujer, quien era su mano derecha y mercenaria. Los miembros de La Ganga Nefasta de los Poetas Jóvenes servilmente estuvieron todos en sus sillas, derechitos, asintiendo con la cabeza, dando su aprobación con un furor de palmadas que se escuchaba la cuadra entera. (14-15)


“Diantre, pero dónde vive está mujer” fue lo primero que dijo Novás creyendo que le leía una página autobiográfica. El encierro de la Skanking no lo configura su final captura y tortura a manos de la Ganga o la supuesta “traición” de Liboy “uno de los mejores narradores de la Isla”, sino la ocupación del espacio público debida a “los actos” de esta Ganga que bloquea con sus consignas la entrega poética tanto en barras, centros de diagnóstico, playas, cafés, la Internet como en las mismísimas bibliotecas. El castigo de la Ganga busca des-figurar, no re-conocer al insolente que ha exhibido, con sus apetitos letrados, la marca de un exceso o extrañeza.

El encierro del monstruo, de “la Devoradora” Severina que susurra versos de Huidobro en los oídos de un amigo, radica en esa incapacidad para producir un texto que sea sancionado por “la comunicabilidad” que sobre la poesía descarga con sus actos la Ganga. La represión de todo gesto de diferencia o sofisticación, la apertura a lo plural, incluidos la cita cursi o la belleza anacrónica de una expresión como “Mientes, bribón, mientes” escribe, precisamente, la sospecha que amenaza a la “cofradía” poética de la Ganga. La viscosidad intelectual de lo literario exige siempre mayores y mejores itinerarios fuera del lugar de siempre. La Ganga Nefasta de los Poetas Jóvenes es un temible ejército de aspirantes a la escritura sin trabajo, dogmáticos de la mismidad, feligreses de lo auténtico, devotos de una concepción de la literatura como la transcripción de ese instante supremo “de vida” fuera de la lectura. Fetichistas escolares de lo que no sabrían alcanzar, siguen reaccionando, como un perro de Pavlov, a un viejísimo dictum institucional.

Este texto de Liceaga contradice la tan cacareada y generalizada superación de la identitis (Duchesne-Winter) entre la joven escritura puertorriqueña. Cacareo que reproducen autores, periodistas y editores creyendo que esta dizque superada dolencia nacional ante el tópico identitario es un asunto de lenguajes, lugares, temas o alegorías nacionales. Decirlo mucho además garantiza un público y escamotea la peculiaridad del fenómeno aún allí donde el trazo sin duda es otro. La identitis tiene avatares de demanda y coerción subjetiva y arremete donde la espectacularidad colonial perciba alguna poética que pareciera retar la cristalización del sensorium isleño (en verdad su acabamiento) al momento de percibir el “todo social”. La identitis es también una estrategia mercantil al servicio de la presentación pública del “joven autor” puertorriqueño aunque escriba como viejito castizo bien pensante. Peor: exhibir que se escribe con lo evidencia de lo que “nos rodea” y lo ya conocido por su obviedad y donación inmediata, es la pantalla prometida que le aseguraría alguna visibilidad a esta prometedora novedad editorial.

El texto de Liceaga anota que sólo será escuchado quien no haya rebasado la lectura de una docena de libros. La Ganga, repentista y bambalana, sin citar a un solo texto criollo, logra montar un patético tinglado anti-intelectual en donde sólo bastará teatralizar -vía consignas- el colapso del pensamiento: la sarta de genuflexiones e histrionismos que nunca logran representar lo que tampoco imaginarían como horizonte: la capacidad de decirse como otros, de presentarse de otro modo. Allí, En las flores del mall, por citar un ejemplo, donde atrapada la voz de Urayoán Noel decide gozar, trabajar, sonreír, en fin, re-escribir el encierro del canon o el canon de su encierro, Severina sucumbe en un drama de conspiradores mediocrizantes. La Ganga Nefasta de los Poetas Jóvenes censura la lectura no por algún motivo numérico. Con la censura anhela emblematizar un "efecto de realidad'; es ese “acercar” al poeta a una performance que devele su pertenencia a una “realidad verdadera y superior” que se la cree separada del libro y que se certifica con el “acto público.” Se trata de la misma verosimilitud moral o estética que blasonaran antes telurismos o costumbrismos puertorriqueños.

Mucho se ha escrito encerrado y mucho se ha escrito sobre el encierro. Evitaré la lista. Si el afuera se ha convertido en un espacio donde se expulsa o se silencia lo que no es idéntico, el encierro no puede devenir el horizonte exclusivo de una literatura porque entonces se torna perfecto, el silencio se vuelve unísono. Habría que pensar la diferencia entre “salir” y “escapar”, entre “citar” y “tartamudear”. Este texto me parece que anhela justicia, desea respiración y se une a otros donde la opacidad es protagonista de la entrada en la voz.

La intimidad anhelada y destruida en este texto me recuerdan, con otros pliegues, el olor de tu boca mariscosa. Por favor, babe, no llegues tarde a nuestra cita que ya oigo tu tumbao.






(Uno o dos años antes de morir, en su estudio, Lezama hace el signo cabalístico de la esperanza.)

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