Propuesta para la democracia puertorriqueña

Una propuesta para la democracia puertorriqueña: el pensamiento y el accionar crítico necesita desatar los nudos, los modos de discusión que han consolidado, endurecido el espectáculo que mal llamamos la política puertorriqueña. El daño, el agravio, incluso la violencia extrema operan dentro de una maquinaria cotidiana que hace sensible, que levanta unos escenarios, que privilegia unos modos de participar que no cesan en su trabajo por establecer la indiscutible evidencia del “estado de las cosas”. Llámese la esfera electoral, la condición de la opinión pública, la calidad de vida, la memoria histórica, las mutaciones del orden colonial en la era neoliberal o hasta las proezas dialógicas de alguna lengua escatológica, estas tarimas siempre terminan validando la hegemonía de un espacio “político” al que nunca se le cuestiona la naturaleza de sus consensos. Son mayoría (no hablo de los partidos) los que se colocan allí a gestionar “nuevas visibilidades” sin reflexionar en torno a cómo estas intervenciones no sólo ya han sido pre-escritas sino hasta puestas a funcionar por la añosa moralidad de una maquinaria institucional abocada, hasta la piedad, a la mismidad de lo mediocre. Un ejemplo: la ira de un bando selecciona (es un decir) sus insultos, articula de miles maneras su ristra de insultos, y el otro, no importa su nivel porcentual entre la población escoge sus contra-insultos y animalizaciones que además, se sospecha son el doble gemelo, igualmente utilizable para que la maquinaria gire y todo siga igual. Por ahí viene la imantada fecha del 25 de julio, en su edición del 1978, en el Cerro Maravilla la Policía del gobierno de Carlos Romero Barceló asesina como a animales a Arnaldo Darío Rosado y Carlos Soto Arriví, hoy ya circulan con pasión las verdades, las contra-verdades que en el presente insisten en ser desdibujadas desde la normalidad de las efemérides. Interesante es que la continuidad de la misma bestialidad semántica que racionalizó antes los asesinatos siga ahora palpitando en el bando que no quiere, ni debe olvidar. El problema no estriba exclusivamente en la selección de los vocablos, en la edición o censura de algunos sino en la rápida y axiomática binarización de lo que pudo ser una polémica o un acto de justicia. Asesinados o asesinos, antes y después todos son animales, bestias, cerdos, mierda. (Pobres animales.) Para des-ideologizar, para desmistificar esta escena habría que cambiar los modos de hacer las preguntas, ensayar alguna pausa ante las contestaciones que rápidamente hacen fila, sabiendo que una ideología triunfa en los modos mismos que escogemos una y otra vez para pensar el problema. ¿Quiénes son esos ciudadanos que se activarán políticamente cuando se sepan convencidos (convertidos) por nuestras palabras? ¿Por qué habrían de escoger otra cosa si lo que se les ofrece no lo es? ¿Por qué, además de la destreza al proclamar la inhumanidad del adversario, su animalidad indiscutida, se sigue tirando con esa lengua de culpas, prohibiciones, permisos, escarnios y sahumerios espiritualizantes? ¿No será que una vez co-incidimos en estos modos de actuar y pensar ya se han obstaculizado sin remedio las posibilidades? ¿Existen “entre nosotros” (suena a misa) esos ciudadanos que quisiéramos ver abrirse, entusiastas, en una nueva arena para los desacuerdos una vez su rabia encuentre en ese otro lugar que supuestamente son nuestras creencias el mejor de los adjetivos, la más terrible de las palabras para desahogarse contra el enemigo y vencerlo? ¿Es la catarsis o el trance aleluya el horizonte supremo de la política puertorriqueña? Si nunca hemos salido del mismo lugar, incluso cuando parece que diferimos, ¿por qué seguir creyendo que se está apalabrando otra cosa, por qué seguir creyendo que nuestras propuestas piensan otro lugar posible? ¿Por qué seguir creyendo de esta manera? ¿Para qué seguir creyendo? ¿Para qué/quién creer?

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