Duchesne Winter sobre la revista Encuentro de la cultura cubana, 39

Texto leído por el ensayista puertorriqueño Juan Duchesne Winter en la presentación de la revista 'Encuentro de la Cultura Cubana' en San Juan.
El can que suscribe las Investigaciones de un perro, de Franz Kafka, alude en cierto punto a lo que él llama "el progreso del perrerío en general a través de los tiempos, entendiendo con ello generalmente el progreso de la ciencia". Y añade: "Por supuesto que la ciencia adelanta; eso no se puede parar, inclusive avanza a pasos agigantados, y cada vez más rápidamente, pero ¿qué hay en esto de laudable? Es como pretender elogiar a alguien porque a medida que pasan los años se va volviendo más viejo y, en consecuencia, se acerca siempre con mayor rapidez a la muerte".

Aquí el can investigador se refiere a la "ciencia de la alimentación". Pero en el curso de sus pesquisas él reflexiona sobre otra ciencia, que llama "musical" y también considera una tercera ciencia, la del canto sobre el hambre y los alimentos, que se ejercitaría en la frontera intermedia de la ciencia de la alimentación y la ciencia de la música.

Hacia la conclusión, el investigador confiesa su ineptitud hacia las ciencias en general, señalando, con modestia invertida, que tal ineptitud proviene de su "capacidad bastante aceptable para las cosas corrientes de la vida diaria", fundada, según él, en un "instinto nada malo" que le permite apreciar aún otra ciencia, la ciencia de la libertad.

El perro concluye así sus disquisiciones: "Quizás haya sido [ese] instinto el que, en razón de la ciencia, pero de otra ciencia muy distinta de la que hoy conocemos, me ha permitido apreciar más una ciencia que sea el non plus ultra de todas las ciencias, vale decir, la ciencia de valorar la libertad por sobre toda otra cosa. ¡La libertad! Sí, por cierto, la libertad tal como nos es posible actualmente es una planta bien endeble; pero de todos modos libertad, de todos modos un patrimonio" (509).

Es en ese ámbito fragmentado, incompleto, precario, insuficiente, del instinto filosóficamente perruno para las cosas corrientes de la vida cotidiana, que cierta literatura y cierta política podrían exponerse la una ante la otra (exponerse sin fundirse, porque no se funde a otra cosa lo que no alardea de sustancia propia) y encontrarse para meditar sobre ese non plus ultra de todas las ciencias, la ciencia de la libertad. Tal es la naturaleza del espacio abierto por revistas como Encuentro —pronunciar palabras de meditación ética y estética en torno al jardín endeble y penumbroso de la libertad, que yace casi escondido en una polis atestada de mitologías apabullantes.

Un viejo 'theme park'

Hablando de espacios, tuve el gusto de presentar no hace mucho el libro Fulguración del espacio (2002), el más exhaustivo y riguroso estudio sobre el reinado de la revista Casa de las Américas realizado hasta la fecha. Allí el poeta y ensayista Juan Carlos Quintero radiografía lo que él llama un espacio de "fulguración", es decir, un andamiaje de discursos patriarcales y soberanistas fundados sobre metáforas de luz, transparencia y arrobamiento avasallante, que si bien alcanzó cotas de legitimidad al convocar a no pocos creadores de calidad, derivó hacia el control y vigilancia de la literatura y otras artes.

Esta "fulguración" operó, pese a sus connotaciones místico-poéticas, dentro del foco retórico de una lámpara policíaca que algunos asocian a un manoseado "sol del mundo moral". Presumo que a Juan Carlos Quintero, en tanto puertorriqueño de una generación indiferente a las angustias sesentistas, le resbalaría un episodio tan pesado como el desenlace autoritario de una institución cultural de la revolución cubana, si no fuera porque, como él reconoce, aún hoy, y aún en un lugar tan poco proclive al utopismo fulgurante como Puerto Rico, poderes culturales nada desdeñables pretenden imponer interpelaciones autoritarias y posicionamientos moralistas en torno a la utopía momificada.

En la perspectiva puertorriqueña la revolución cubana ya languidece como un viejo theme park para la aventura radical chic de cierta élite conservadora, muy bien colocada en esta sociedad del espectáculo. Es un destino turístico con un nicho cómodo, aunque algo datado. Pero en una sociedad plenamente entregada al espectáculo difuso como la puertorriqueña, la banalidad inconsecuente de los predicadores y los próceres wanna-be, asume no pocas veces una perversidad sorprendentemente dañina.

Es por ello muy pertinente la minuciosidad con que Quintero analiza el endurecimiento autoritario de lo que para muchos de nosotros fue la promesa de Casa de las Américas. No podemos dejar de interesarnos en la dramática liquidación de un espacio intelectual promisorio, escenificada bajo una jerarquía militarista y dogmática que eventualmente expuso ante todos su hostilidad visceral hacia la escritura y el arte en tanto ámbitos de libertad.

Es un tema pertinente en nuestro medio, a pesar de las apariencias. El neonacionalismo banal y menudo hoy reinante en Puerto Rico alimenta vínculos perversos con el nacionalismo grave y morrocotudo de la revolución cubana. A ello se vincula de alguna manera el placer que siento esta vez al presentar un número importante de Encuentro.

Otra banda de frecuencia

Si algo permite comparar a Encuentro con Casa de las Américas, es el incomparable registro, la banda de frecuencia completamente distinta, donde habla Encuentro. Casa representó un proyecto de expansión de una burocracia autoritaria sobre el terreno de la literatura y de otros discursos culturales, que se clausuró en torno a su propio cerco de vigilancia y control: aquello que Quintero define como un cierre poético-político que expulsa tanto a la política como a la poética. Casa cerrada, casa condenada.

En cambio, Encuentro discurre por un espacio exterior, exterior en un sentido menos geográfico y territorial de lo que parecería, pues no se trata propiamente de una revista del exilio ni exterior al territorio cubano, dado que en ella participan escritores residentes en Cuba o en otras partes del mundo y su foco asume las perspectivas intra y extraisleñas sin jerarquizarlas ni disolverlas.

La exterioridad de Encuentro corresponde más bien a la manera en que sus escrituras despliegan una espacialidad expuesta y sin territorio propio, donde la estética es zona nómada potenciada por la fragmentación y la política es política, es decir, se presenta como encuentro de singularidades y opacidades irreductibles a un sentido único, y no como la fulguración avasallante de un sujeto histórico que funde sentido y verdad, demandando la postración incuestionada ante el mandato del prócer que lo encarna.

Leer Encuentro es transitar estéticas que confluyen en políticas y viceversa, sin sujetarse a interpelaciones de autorización o desautorización moral. Política y estética comparten su condición de bordes sin territorio propio: por ello se encuentran pero no se funden, imbricándose como las superficies reversibles de una cinta moebius.

La poesía de Nivaria Tejera

Cuando abrimos las páginas de la revista, lo primero que alza vuelo es un pequeño enjambre de palabras de Nivaria Tejera que vibran con suavidad enervante. Su poesía narrada y su poesía versificada nos murmuran las deliciosas claudicaciones del yo y los triunfos secretos de la persona en su perpetuo apostar al mundo del lenguaje. El homenaje a Nivaria Tejera ha sido la gran lección que me entrega este número 39 de Encuentro, pues lo que era un nombre de referencia cuyas palabras realmente desconocía me ha llegado con letra y voz.

La selección es demasiado breve, pero cada letra de esta escritura aérea condensa las pequeñas mutaciones de un laboratorio solitario y sin cuartel, la trama de una prolongada libertad de acción en el lenguaje, conquistada no sólo en la aventura estética que la autora compartió con los experimentadores más audaces de una época, sino, tratándose de una cubana que no escapó por completo a la fulguración del mito político, conquistada también con una postura ética de indiferencia del artista a las interpelaciones de la beatería ideológica.

Constatamos, no por casualidad, que en la poesía de Nivaria Tejera son irrelevantes palabras que la vesania identitaria ha cargado, lamentablemente, de ponzoñosa banalidad, palabras como cubanía, caribeñidad, hispanidad y otras pamplinas que quizás nunca se merecieron la inflación trivial que las hace hoy tan pesadas. Las palabras de Nivaria Tejera despliegan raíces aéreas indiferentes a las aduanas del territorio.

Los poemas de Félix Cruz Álvarez y Rafael Enrique Hernández sostienen la alta expectativa establecida por el homenaje a Nivaria Tejera. Cruz Álvarez concita escenarios del mar y del cielo donde inaugura repetidamente una memoria desconocida. Hernández descorre el ritual de mutilaciones ejecutadas en obediencia a un siniestro mandato de sacrificio perpetuo.

Gustavo Firmat aprovecha la lectura de un poema de Eugenio Florit para mediar en la propuesta de Antonio José Ponte sobre la prominencia de una "tradición cubana del no" verificada en el tipo melancólico, nihilista y maldito que Cintio Vitier no sólo excluye de "lo cubano en la poesía", sino que anota en el índice de su inquisición solar y solariega.

En su libro Isla sin fin, Rafael Rojas ya coloca al amparo de la tenue luz lunar lo que llama "una posible tradición nihilista en nuestra cultura" en la cual, de hecho, sitúa a los autores más capaces de interesar a lectores de un ámbito internacional y contemporáneo a quienes muy poco les motivará husmear dónde caracoles estará "lo cubano" en la literatura. Sabemos que "lo cubano", "lo puertorriqueño" y otras sensaciones similares cuyos secretos conocen sólo quienes las poseen, perviven en nuestras artes como pequeñas potencias de gozo inmunes a las abstracciones de la ideología de la identidad.

Isla boca arriba y diseminada

Relatos, crónicas y ensayos críticos de Charo Guerra, Luis Manuel García, Hugo Luis Sánchez, Alejandro Armengol, María Elena Blanco, Amir Valle, Duanel Díaz Infante, nos ofrecen un cortometraje informativo y meditativo del sensorium intelectual que atraviesa el borde sin sutura, la isla boca arriba y diseminada, que se nos expone en Encuentro 39.

Como sucede en toda América Latina, la abundancia imaginaria de la república de las letras contrasta con la miseria material y espiritual del Estado-nación. Las estadísticas oficiales analizadas por Carmelo Mesa-Lago muestran un incremento en los niveles de pobreza, un aumento en la desigualdad de la distribución de la riqueza y un incremento en el desempleo a partir de 1995.

El mito de la excepción cubana, cuestionado ya en varias ocasiones por Román de la Campa y otros, se derrumba una y otra vez, cual una secuencia de vídeo en bucle, cada vez que leemos datos como éstos, en los que tantas fuentes coinciden. Pero, como ha sugerido de la Campa, la precariedad del mito yace, más que en las cifras del fracaso económico y social, en la factura misma del gran relato sigloveintista sobre Cuba.

El interesantísimo dossier sobre la primera oposición cubana surgida ante el irresistible ascenso de Fidel Castro al trono, no disminuye, sino que acentúa, esta sensación de que la Cuba revolucionaria y postrevolucionaria nunca dejó de ser, a pesar de los fuegos artificiales marxistas, otra cosa que un Estado-nación oligárquico más del ámbito latinoamericano.

No pretendo cuestionar la especificidad de tantos rasgos característicos del caso cubano, sino la excepcionalidad de la estructura de conjunto, en la larga duración. El repaso sintético y elocuente, con calidad testimonial, permitido por este dossier, aguzó mi mirada histórica con una frescura que sinceramente no esperaba.

Después de leer los testimonios directos de varios actores de la primera oposición y los excelentes ensayos reconstructivos de Javier Figueroa y Elizabeth Burgos, surgen planos de perspectiva que aquí sólo alcanzo a enunciar como conjeturas para mayor desarrollo.

La guerra sucia

Durante 1959 a 1965 el nuevo Estado cubano operó como una oligarquía militar que libró una guerra sucia para aniquilar la base social y política del movimiento antibatistiano y sus elementos democráticos, incluyendo a los componentes más esclarecidos del propio movimiento constituyente de dicho nuevo Estado, es decir, los cuadros indóciles del propio Movimiento 26 de Julio organizado por Fidel Castro.

La oligarquía militar fidelista prescinde por completo de la oligarquía socio-política tradicional y se propone sustituirla in nuce, desde la semilla. Es como si la junta militar argentina o Pinochet, ambos en la década del setenta, hubieran mandado a empacar a las oligarquías nacionales tradicionales a las cuales les arrebataron las riendas políticas del Estado.

El efecto de reconstituir el Estado oligárquico contra el posible afianzamiento de movimientos democráticos y sociales y contra el inminente surgimiento de repúblicas plurales, modernamente políticas, es el mismo. Sólo que Fidel Castro está en la posición de aconsejar a los militares latinoamericanos cómo arrebatarles completamente las riendas políticas a las oligarquías tradicionales, fabricar una oligarquía no tradicional totalmente sometida a su mando unipersonal y retener el poder mucho más tiempo del que el escaso conocimiento de las técnicas estalinistas que poseen estos homólogos suyos les permite siquiera imaginar.

Las decenas de miles de militantes del propio movimiento constituyente del nuevo poder, los centenares de miles de campesinos, obreros y miembros de la clase media movilizados históricamente contra la dictadura batistiana que luego fueron masacrados, encarcelados, desplazados, silenciados, expatriados o reeducados durante 1959-1965, fueron víctimas de una guerra sucia en la cual se reconfigura una nueva oligarquía extraída de sectores desclasados de la pequeña burguesía que se adhieren al aparato autoritario en ciernes, basado en el dominio político-militar.

Esta nueva oligarquía cubana refuncionaliza las racionalidades y técnicas pseudomodernas desarrolladas en el primer tercio del siglo veinte por las maquinarias leninistas, estalinistas y fascistas, resignificándolas dentro de una mitología nacional decimonónica poco diferente, en su gran relato de base, de las doctrinas de seguridad nacional y depuración moral de otras oligarquías militares de América Latina, con todo y sus imaginarios patriarcales y autoritarios.

Súbditos del poder

La oligarquía tradicional fue un objetivo de la represión del nuevo Estado fidelista sólo en la medida en que se trataba de un adversario a sustituir en el comando de la polis, pero el principal objetivo de toda la descarga destructiva y disciplinaria de dicho Estado fueron los sectores sociales subalternos en efervescencia que debían someterse, después de la toma del poder, al nuevo poder constituido y brindarle la sustancia hegemónica necesaria en la medida en que se lograba reproducir la subalternidad de estos sectores por otros medios más efectivos que los del anterior Estado oligárquico tradicional.

Esos medios incluyen las conocidas técnicas de encuadramiento, disciplina y resubjetivación de masas que manejaron regímenes totalitarios. Fidel Castro y su cuerpo de mando político-militar comprendieron muy rápidamente que los sectores subalternos que sostuvieron el movimiento revolucionario y constituyeron su poder inicial, debían ser desmantelados como poder constituyente para reconvertirlos al papel de súbditos del poder constituido que la historia, desafortunadamente, siempre les ha reservado a los oprimidos.

Quien no quiso aceptar este traicionero dictamen de la historia de los opresores, quien quiso tomar en serio la interrupción liberadora ocasionada por los oprimidos, fue arrasado por el mando revolucionario con una violencia que la burguesía oligárquica cubana apenas experimentó en carne propia.

Mientras leía este dossier de Encuentro número 39, específicamente el texto de Elizabeth Burgos que interpreta testimonios de sobrevivientes de las torturas y malos tratos carcelarios ocurridos durante la guerra sucia de la oligarquía militar revolucionaria, discutía en mi curso de literatura la novela Insensatez, del salvadoreño Horacio Castellanos Moya.

El relato describe cómo el protagonista lee otros relatos: los testimonios de sobrevivientes de la guerra sucia perpetrada en los ochenta por la oligarquía militar guatemalteca contra la sociedad civil de su país. También cité en clase el libro A Lexicon of Terror, de Marguerite Feitlowitz, quien lee e interpreta relatos de sobrevivientes de la guerra sucia librada contra los movimientos sociales por los militares argentinos de 1976 a 1983.

Las tres experiencias de lectura comparten las mismas estructuras traumáticas y las mismas transformaciones básicas del lenguaje a la hora de comprender las aporías del testimonio de la víctima. Comparten además procesos históricos estructuralmente similares de reconstitución oligárquica de los Estados-nación latinoamericanos.

La excepcionalidad cubana

La especificidad o, si se quiere, excepcionalidad del caso cubano, es sobre todo instrumental: el Estado cubano, aparte de anticiparse históricamente a sus congéneres en la operación del dispositivo de guerras sucias, aplicó las técnicas seudomodernas de los legados leninistas, estalinistas y fascistas, entre las que se incluye el desplazamiento de las oligarquías tradicionales, la movilización y encuadramiento políticos de las masas subalternas según el molde totalitario.

Además, la oligarquía revolucionaria cubana transfirió la propiedad privada tradicional a un sistema burocrático bajo su control y usufructo privilegiado, que funciona como propiedad exclusiva de la corporación político-militar compuesta por el ejército y el partido único. Estas diferencias son significativas y explican en gran medida la permanencia extendida de dicho poder oligárquico, que se reproduce mediante técnicas de gestión burocrática planificada.

Sin embargo, los testimonios demuestran que tanto el comportamiento estructural del poder como la fenomenología del trauma histórico, en términos psicológicos y políticos, de todos estos procesos violentos de reconstitución oligárquica de la dominación del Estado en nuestro continente, han sido experiencias muy similares para sus víctimas innumerables, para los oprimidos y excluidos, que son quienes importan desde el punto de vista ético. Cuba, en ese sentido profundo, no ha sido una excepción.

Agradezco, en fin, a la revista Encuentro, el haberme estimulado a pensar una vez más en estos problemas de la ciencia de la libertad, e inspirar de nuevo mi convencimiento de que, si alguna validez le resta a la metáfora espacial que me ubica siempre en la izquierda política, es el planteamiento firme y radical de la igual libertad de todos, es decir, de lo que Jean-Luc Nancy llama la "egaliberté" o igualibertad, como tema fundamental de toda discusión estética, ética o política.

*16 de marzo de 2006, librería La Tertulia en el viejo San Juan, Puerto Rico.

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