Reguerete

Píntame angelitos negros
Edgardo Rodríguez Juliá
Tomado de El Nuevo Día, 24 de febrero de 2008

La pregunta no es si los norteamericanos están preparados para un presidente negro. Sería, más bien, si los puertorriqueños estamos preparados para un gobernador prieto, de color, negro o mulato, dinga o mandinga, carabalí, cuarterón o jabao, gulembo, con el pelo kinky o simplemente de complexión taína, como Willie Miranda Marín. Ya tuvimos una mujer gobernadora y se nos fue de shopping binge a Plaza Las Américas, dejando al país, lo mismo que su antecesor, en bancarrota.

Barak Obama parece que no tiene mucho futuro entre los puertorriqueños de allá. Dice doña Tita Dalmau en entrevista exclusiva para El Nuevo Día, María’s Place de la Marketa: “No voto por negros. Para negra, yo”. Marisol Sánchez abunda sobre la antipatía ancestral de la comunidad puertorriqueña hacia los afroamericanos, los “morenos” de allá, con sus maneras resentidas y modos intimidantes: “Los morenos se creen dueños de las calles, no me quiero imaginar si tienen un presidente”, dijo. Le faltaba decir, a esta buena boricua, lo que tantos mulatos dicen de los negros: “Si no la hacen entrando, la hacen saliendo”.

Sin embargo, Barak Obama -que llegó y se fue como fantasma- llenó sus caudales con donativos de los demócratas puertorriqueños ascendentes a $141,050. ¿Cómo lo hizo? ¿Lo ayudó Rogelio Figueroa, o una quinta columna de Luis Fortuño? Los de allá no simpatizan con Obama y los de acá aplauden con el recién descubierto trasero de Narciso.

Me crié escuchando chistes sobre la negritud de don Ernesto Ramos Antonini; de cómo, por sus pantalones, el entonces speaker de la Cámara de Representantes, ocupaba palcos de gente blanca en los juegos de pelota y luego se desmayaba, blanco como un papel. Eran chistes que le oía, muy principalmente, a mi padre puertorriqueño y a mi padrino dominicano. Ambos, mulatos y profesionales, formaban una pequeña confederación antillana de menosprecio hacia lo que entonces se llamaba “gente de color”. Faltaba un cubano.

El racismo gringo quiso volverse más racional: Primero fue el tokenism, luego los estudios afronorteamericanos y el affirmative action. Era la idea, algo necesaria y obligatoria, de la cuota racial. Ahora, de esa manera, tienen un posible candidato a la presidencia por el Partido Demócrata y una Secretaria de Estado negra, un antiguo Secretario de Estado presidenciable, Colin Powell. ¿Qué tenemos nosotros? Muy poco. Bajo el mandato de Sila Calderón se nombró como Secretario del Trabajo a Víctor Rivera y ahí casi terminó el asunto. En Santo Domingo, y a pesar del fuerte racismo dominicano hacia los haitianos, han sido menos racistas en la política: dictador mulato, Trujillo; candidato jabao a la presidencia, Juan Bosch, presidente mulato-taíno, Balaguer, y, por muchos años, candidato negro del PRD José Peña Gómez. En Cuba, y después de sesenta años de Revolución, no vemos en la alta dirección política a ningún negro, ni por asomo. Lage es el sempiterno blanquito criado en Miramar.

Nuestra política aún usa categorías de otras épocas; todos los gobernadores han sido patricios o blanquitos. Alguien me sorprendió el otro día, asegurándome que Acevedo Vilá es mulato. Siempre me pareció blanquito colao, ¡qué le vamos a hacer! Escuché a una comentarista política decir en la radio sobre Luis Fortuño: “Sí, es un muchacho de buena familia, se le nota la cuna, etc”. Así hablaba mi madre, sí, como no, y ella también iba de Aguas Buenas a Caguas a comprar ropa en la tienda de Delia Fortuño… Todavía somos opresivamente provincianos, y racistas a la manera del boricua cuchillo de palo.

Y si los europeos aman tanto a Barak Obama, que empiecen por establecer un sistema de cuotas; en la clase dirigente francesa, española, inglesa o alemana no aparece un turco, marroquí, keniano o senegalés por ningún lado. Los europeos perfeccionaron el racismo y ahora cumplen en tejer con mejor sutura la hipocresía.

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