Envío para el cogollo

Tenía yo unos deseos enormes de ir a Europa, lo consideraba imprescindible para mí. Pero por mi desconocimiento y olvido de la circunstancia cubana, caigo siempre en trampas tendidas por los demás, pues todavía a mi edad me es imposible concebir que alguien haga mal por bien gratuitamente. José Lezama Lima en carta a José Rodríguez Feo.
Antes de partir le he dejado estas notas. Tomándome la libertad de hablarle en estos términos, no puedo con esa inmovilidad de carey telúrico o la conversación imposible que me le han impuesto, me dirijo a usted desde el mismo lugar donde tantos niños hablan con amigos invisibles, escondidos en roperos y rincones, saludan las ausencias que les acompañan y así matan el tedio o el horror, me dirijo a usted creyéndolo amigo, grande atrevimiento es por la distancia y la muerte que nos separa. Creo enviar aquí lo necesario para su viaje. Sahumerios y algazara infugado roedor de la ceniza, le espera en Granada cubierto de banderillas de nácar un compadre criollo, roto el corazón de expectativas por una cornada, tamborileando como una gitana, lo aguarda el mejor duende Cabo Rojeño, le han descrito su fisonomía, sus apetitos sibaritas, su portentosa almohadilla, la de ofrendas energéticas que le recorrerán una vez la suma llegue a sus manos, estacionado en la rueda de otra isla que se pudre, el regalo que confirma su densidad de angelote. Late confirmada su venida en la nada de un deseo paralelo, visitaciones a Joyuda y a los senderos del eco en Guavate, flor tostonil desposada de pringue, pezuña hendida sedienta de iniciales, la de coincidencias en su cielo, los buñuelos en su paladar, la de aceites del aguacate, verle llegar vejigante de plata o la jarana, no sabe lo que ha sido soportar la quietud de este paseo que jamás comienza, las miradas a un techo de nubejas y embelesos, fabricaciones de yeso y cuevas pululan mi morada, ahora que por fin conocerá Corinto y el musgo rojizo de Delfos, los azúcares del litoral no le dejan saborear el ruido de su cuerpo. Estaré asomado a la ventanilla de su asiento, justo si el desespero mueve su escoba, nada tiene que decir ahí estaré, diligente trataré como el impulso en la barranquita, como la dueña que organiza sus utensilios presintiendo la visita, abriré los caminos que deba usted recorrer para saciarse, para que lo diabólico no le venza con su jilguero de hielo, para que el temor quede junto al refajo de la madre y se deje ir, para que saboree los manjares de la estación prometida. Ya le veo temblar en la nave cual cochinillo, con el espeque en la una y el platanal en la otra, quedará su isla nuevamente trocada por el desapego, guardada por las rieles del banquete de peces, conociendo zumbido de flauta muy puyado, hiriéndole luego la columna con su canción manchada, ética del reguero rápido le colocan delantal y los comisarios se esfuman. Así cumplo tras su desaparición física lo que una tarde figuré entre verdes sobre blancos, llovía y no tenía carro, cuarenta días en un desierto lleno de ventanas abiertas, viscoso y con la lengua pegada al paladar leyéndolo, yo que de hospitalario y viajero dejé alumbrado el terruño, yo que desde el predio del turismo coso higueretas en la sombra ante el valle de las esporas, le veré llegar a París rodeado de palmas y gardenias, un tercer cangrejo dilatará su descanso en el son de su lluvia, semillea de alelíes un santurcino en la Parguera, algún paisano se escabulle del martirio de Roma, salta entonces y mea sobre un león muy fornido, bienvenida puesta al instante en la rampa: una azucena. Era lo menos que se podía hacer, untarlo de menta para los baños florentinos, desubicarlo para siempre ante la tarima de los héroes. Cualquier cosa recuerde aquí a la orden, enhorabuena por la dimensión que le alberga jojoto y níspero, jocundo queda de usted un comensal.
jcqh 26 de junio de 1992, 1ero de agosto de 1993, 9 de mayo de 2003 y 1ero de enero de 2006. Santurce, Río Piedras y Silver Spring.

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