Como si estuviera casada conmigo mismo

¿Por qué soy una monje, impensadamente? Allá en lo hondo del campo corren perros y gacelas. Y me mandan como guardia, como estrella. ¿Por qué no puedo ser mujer y sí un hada? Todos los días pruebo un plato de recuerdos; no tengo casa; me destinaron al arco iris; pero, estoy harta de esa lista fresa y de esa otra verde. Cuando creo que puedo dar unos pasos por el suelo, y que algo, para mí, también es cierto, allá en lo hondo del campo aparecen perros y gacelas, y me mandan como guardia, ¿no ven mi vestido blanco, mi diadema de desposada sin novio, sin marido? Como si estuviera casada conmigo mismo. ¿Por qué no una mujer y sí un hada? Creo dar unos pasos en el suelo, creo que algo para mí también es cierto, pero, enseguida, está ese bosque, ese árbol que en cambio de hojas tiene perlas, mariposas en vez de hojas. Todo lo que yo toco, cae y destroza y centellea, todo lo que yo toco se va lejos. Y nunca habrá remedio. Y jamás habrá respuestas. Marosa di Giorgio, La liebre de marzo.

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