(Bendecidos)


La proliferación del «estás, estoy y estamos bendecidos» y su naturalización en el Puerto Rico de principios del siglo XXI no responden, exclusivamente, a la hegemonía del fundamentalismo religioso en el imaginario político de la comunidad. La bendición (buen decir, bien decir, hablar bien) de la deidad que parece certificar, desde las alturas, la dicha o la salud de quien la recibe, es un consuelo fantasmático, la consagración identitaria del tejido «noble» con la que cierto creyente religioso deniega —sostenidamente— la catástrofe ética que ha devenido cotidianidad.

Con la frase se le vira la cara a lo que importa. Incluso para algunos, la bendición puertorriqueña «por el paso del huracán Irma» es el resultado, la evidencia cósmica que entrega un cálculo zángano de ruegos, la suma de plegarias de una población cuyo número, por supuesto, sobrepasa la cantidad de habitantes de “todas esas islitas”. Eso está ahí para que todos lo vean. Las razones para la desgracia en Cuba, Haití o la Florida no lo son. O son obvias, dicen. Allí no descendió el bálsamo salvífico.

«Estamos bendecidos» es la conversión del penoso “ay bendito” en alabanza. Con la frase se da por recibida la buena nueva y se danza. En alta voz o por lo bajito es la exclamación gozosa porque dios ha escogido. Es una «lectura» correcta de ciertos libros sagrados. Entre los que asumen que la identidad es un asunto genealógico inevitable —el despliegue de familias, tribus (reales o metafóricas, cerradas o inclusivas) que conformarían alguna comunidad democrática (sic)—, la aparición de la bendición puertorriqueña sólo puede ser ya insulto o la falla moral-intelectual que necesita ser corregida con “la información” correcta. Incluidas las citas de esos mismos textos sagrados.

El «estoy bendecido» es el «ay bendito» en fase yoica terminal. Este bendecirse incondicional mucho tiene que ver con la resistencia a pensar(nos) con distancia, con serenidad. Se bendice para no reflexionar, para no dar un paso atrás y pensar en las condiciones que han hecho posible «la extraña buena suerte» y la rutina del gozo, la celebración que nos obliga a sentirnos bien, todo el tiempo, en esto de la excepcionalidad puertorriqueña. Se bendice para confirmar y soldar en el pellejo subjetivo la creencia correcta, la certidumbre mejor: la existencia soberana de la mejor creencia. Cualquier cosa, antes de mirarle el ojo vacío al huracán, el «recuerdo» de nuestra verdadera dimensión (microscópica) y qué vivimos en la intemperie de un planeta. Que vivir es lidiar con la intemperie. Mejor bendecirse antes que apalabrar el paquete del “progreso” y del “desarrollo” de un Estado inexistente o el descalabro de una gestión gubernamental mínimamente eficaz. Mejor sentirse bendecido y prender la planta eléctrica que asfixia y no deja dormir al vecino mientras disfruto del tamaño de mi bendición y contemplo la desgracia de los demás. Qué cosa más grande es esa bendición que deja sin luz al 70% de los abonados del sistema eléctrico de la isla sin el huracán haber tocado tierra. Grande, grande es Su bondá. El dogma también tiene un centro de rotación desde el cual «explica», con volteretas retóricas, la mera buena suerte, la posibilidad de que algo ocurra o no ocurra.

Bendicen y se sienten bendecidos, porque dejar entrar todo eso y sobre todo a todos esos que quedan fuera de la alocución auto complaciente, es un impensable. «Estamos bendecidos» es la contraseña, el pago para entrar en la fiesta identitaria de los mejores. En ella se alinean los bandos y se despliegan los pastores de hombres. Incluso dicen ¡presente! los aspirantes.




26 de julio-9 de septiembre de 2017
Juan Carlos Quintero Herencia

De la queda(era): Imagen, tiempo y detención en Puerto Rico (en preparación).



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